Una estrategia fina y persistente

Por Julieta Gamarra*

El 19 de junio harán dos años desde que las trabajadoras domésticas de Paraguay accedieron a un derecho fundamental: la igualdad salarial. En este reportaje, presentamos al Sindicato de Trabajadoras Domésticas de Itapúa (Sintradi), organización apoyada por el Fondo de Mujeres del Sur y protagonista de ese proceso.

Las trabajadoras domésticas son la segunda fuerza laboral femenina en Paraguay. Según datos de la Dirección General de Encuestas, Estadísticas y Censos (DGEEC), en el país hay aproximadamente 220.000 mujeres que se dedican al trabajo doméstico remunerado. Pese a ser uno de los empleos más habituales, los derechos de estas trabajadoras siguen sin ser reconocidos y la discriminación forma parte de su día a día. Para ellas, la organización fue la herramienta clave que les permitió no solo empoderarse sino exigir ser vistas, oídas y respetadas como trabajadoras de pleno derecho.

SINTRADI, diez años de historia


Librada Maciel (49) y Ludi Giménez (44) viven en el barrio San Pedro etapa IV, uno de los complejos de viviendas construidos en la ciudad de Encarnación por la Entidad Binacional Yacyreta para las familias afectadas por la suba del embalse. Librada es oriunda de la ciudad de Hohenau y parte de una familia de 12 hermanxs, mientras que Ludi nació en Encarnación. Ambas experimentaron de pequeñas la naturalización del trabajo infantil y el criadazgo, costumbres arraigadas en la sociedad paraguaya que se combaten hasta hoy: con tan solo 8 años, Librada fue niñera de un bebé a cambio de leche y queso y, a los 16 comenzó a trabajar como empleada doméstica. Ludi también trabajó como niñera siendo ella misma una niña de trece años.

Imágenes: Julieta Gamarra

Librada es actualmente la secretaria general reelecta del Sindicato de Trabajadoras Domésticas y Afines de Itapúa (Sintradi), una organización pionera en la lucha organizada por los derechos de las trabajadoras domésticas. Ludi trabaja a su lado como vicesecretaria. Ellas pueden relatar de primera mano cómo fue recorrer el camino que  llevó hasta la aprobación de la ley 6338/2019 de Trabajo Doméstico, la cual, luego de décadas de discriminación, finalmente iguala el salario de las trabajadoras domésticas al del resto de personas trabajadoras, otorgándoles el derecho al 100 % del mínimo legal vigente.

Sintradi comenzó a gestarse en el año 2011 a partir de una capacitación para trabajadoras domésticas desarrollada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La entonces empleadora de Librada Isolina Centeno, quien trabajaba en el Centro de Investigación Multidisciplinario para el Desarrollo (CIMDE), la animó a asistir y ella invitó a otras nueve compañeras de profesión. “Ahí nos enteramos de que existía un sindicato de trabajadoras domésticas en Asunción”, rememora Librada. Segura de querer conformar un sindicato regional, Librada convocó a más mujeres a una nueva serie de capacitaciones en articulación con otras organizaciones, y el 8 de enero del 2012 fundaron oficialmente el Sintradi. Ludi era su vecina y fue una de las primeras en incorporarse a la nueva organización. “Yo no tenía idea de que tenía derechos como trabajadora doméstica, ni de que podíamos sindicalizarnos. Librada me invitaba a los talleres, a las capacitaciones, y ahí fui enterándome”, explica Ludi.

Librada afirma que, incluso antes de la institución formal del sindicato, ya habían comenzado a luchar organizadas. En aquel entonces se buscaba lograr la aprobación del Convenio 189 de la OIT sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos, en cuyo proceso Librada tuvo la oportunidad de viajar a Ginebra. Gracias a un eficaz cabildeo, Paraguay ratificó el convenio que establece la protección de los derechos de quienes ejercen el trabajo doméstico, entre ellos la igualdad salarial. Poco después el Sintradi, en conjunto con el Sindicato de Trabajadores Domésticos del Paraguay (Sintradop), la Asociación de Empleadas Domésticas del Paraguay (ADESP) y el apoyo de organizaciones de la sociedad civil, la OIT y la Agencia de Naciones Unidas, trabajaron en la que luego sería la ley 5407/2015 del Trabajo Doméstico. En el caso de Sintradi, Librada y Ludi reconocen particularmente el apoyo del Centro de Documentación y Estudios y de la abogada Marcella Zub Centeno en el proceso de elaboración de la ley a nivel local.

“Viajábamos todos los sábados a Asunción”, recuerda Librada. “Logramos avances como la jubilación, la jornada de ocho horas, pero limitaron nuestro salario al 60 % del mínimo. Antes de esta ley, era solo el 40 %”. Eso fue en 2015, aún faltaban cuatro años para llegar a salarios equivalentes al 100 %.

El proceso tuvo un alto costo para muchas compañeras. “Muchas perdieron sus trabajos porque las empleadoras no estaban de acuerdo con la sindicalización y las despedían”, devela Librada. Ludi fue una de ellas, y también enfrentó dificultades familiares, por tratarse de viajes tan frecuentes e incluso prolongados. Hoy ya cuenta con el apoyo de su marido y sus hijas e hijos. Sin embargo, nada las detuvo: “Seguimos luchando, no nos dábamos por vencidas, eso fue lo más lindo”. Todas sentían que habían asumido un compromiso y que debían seguir adelante.

En el 2016, Librada emigró a Buenos Aires, Argentina, para trabajar, una práctica común ante la perspectiva de mejores salarios y condiciones laborales más dignas. Durante dos años, el sindicato estuvo prácticamente inactivo y varias compañeras le pedían que regrese. Entonces Librada tomó una decisión: “Si sale el salario mínimo, me quedo en Paraguay. Volví con todo, peleé, tanto peleé con los senadores, con los diputados; nos discriminaban, nos decían de todo… que para qué queríamos salario mínimo si no sabíamos leer”.

Los momentos de injusticia se reflejan en la mirada decidida de Librada: “Yo les contaba que necesitaba ese salario porque tuve que emigrar, dejar a mis cuatro hijos que ahora por suerte ya están grandes, pero que sigo luchando por otras compañeras para que tengan su jubilación, para que no se vean obligadas a dejar a sus familias. Muchos se burlaron de nosotras, nos insultaron, otros nos evadían, no querían vernos. Por otro lado, también recibimos el apoyo de varios parlamentarios y parlamentarias. Pero nadie nos regaló nada, la lucha fue muy dura. Hay desprecios que te marcan para toda la vida”.

El trabajo de cabildeo se daba en los pasillos, en reuniones, y requería de una estrategia fina y persistente. En paralelo, otros sectores abogaban por modificaciones en la ley que perjudicaban a las trabajadoras. Ludi recuerda: “A veces no nos decían ciertas cosas en la cara, pero luego les escuchábamos decir de todo durante los debates. Nos daba mucha rabia, pero también fuerza porque había otros que nos defendían”.

La opinión pública estaba dividida y las posturas en contra develaban una cruda realidad que las mujeres del Sintradi siempre conocieron: el trabajo doméstico no es valorizado como se debe, y en Paraguay se considera a quienes lo ejercen como trabajadores de segunda categoría, con menos derechos y menos oportunidades. Los sesgos de género y de clase se entrecruzan para crear una discriminación estructural que normaliza los bajos salarios, la recarga de trabajo, la precarización e informalización de las trabajadoras e incluso el maltrato.

La ley 6338/2019 fue finalmente aprobada en junio de 2019. Modificaba a la de 2015 y volvía a incluir el derecho al 100 % del salario mínimo. Ludi recuerda que su primera impresión, luego de la alegría, fue la sorpresa. “Escuchábamos tantos argumentos en nuestra contra, que parecía imposible que se apruebe. En ese momento, yo no lo podía creer”, cuenta.

Pese a este enorme logro, la lucha sigue: así como muchxs empleadores acataron de inmediato las disposiciones, otrxs no cumplen con la ley y se aprovechan de la necesidad de trabajo de las mujeres. Es por eso que el Sintradi también se ocupa de informar, concientizar y capacitar a las trabajadoras, pertenezcan o no al sindicato.

Imágenes: gentileza Sintradi

Comunicación con perspectiva de derechos


Hace dos años, al Sintradi se le presentó la oportunidad de realizar un programa de radio a través de un proyecto de Solidarity Center. Celina Barrios (25) es una de las hijas de Librada y también integrante fundadora del sindicato. Ella explica que, cuando les llegó la propuesta, “pensamos que iban a poner profesionales a hablar y que nosotras íbamos a ayudar detrás de escena, pero nos explicaron que no, que seríamos nosotras las conductoras”.

Antes de iniciar las emisiones recibieron capacitación sobre presencia en radio y TV y consensuaron un equipo de cuatro a seis compañeras que van rotando de programa a programa. Así nació La Hormiguera, de emisión semanal a través de radio y tv, y que también puede verse en la página de Facebook del Sintradi. Celina se encarga principalmente de las entrevistas, pues en cada programa invitan a una persona especializada, como por ejemplo una psicóloga o una abogada. “Me gusta hacer el programa, me siento en compañía y hay confianza en el equipo. Con el tiempo mejoramos mucho, hay más fluidez”, afirma Celina.

Imágenes: gentileza Sintradi

El programa se ideó como una herramienta de difusión, debate y formación. Muchas mujeres se enteran así de la existencia del Sintradi y se contactan con el equipo pidiendo más información para unirse. Recientemente, inauguraron un bloque llamado en el que abordan artículos de la ley de Trabajo Doméstico, con el objetivo de despejar dudas sobre las diferentes modificaciones que se realizaron y para que las oyentes conozcan de qué manera las ampara.

“Teníamos el temor de encontrarnos con televidentes y radioescuchas en contra del programa” comenta Celina, “porque las trabajadoras domésticas nunca tuvimos una voz y, de repente, salimos en un medio muy conocido de la ciudad hablando de leyes, de derechos. Pero recibimos comentarios muy positivos y eso nos fortalece”.

La Hormiguera se constituyó así en una plataforma de conocimiento compartido, de puesta en común, y un ejercicio de articulación y de autonomía, que emite una voz alternativa para el fortalecimiento de los derechos de las trabajadoras domésticas.

 

El COVID-19 y la precarización laboral


Las calles del Circuito Comercial de la ciudad de Encarnación están silenciosas y casi vacías desde hace más de un año. Con la llegada del COVID-19 y las medidas consecuentes, cientos de negocios se cerraron y los que lograron mantenerse en funcionamiento redujeron su personal al mínimo indispensable.

Hoteles, bares y restaurantes corrieron la misma suerte. Con la falta de afluencia de compradores y compradoras de la vecina ciudad de Posadas, Argentina, y la crisis económica derivada de la cuarentena, el turismo y el comercio se resintieron profundamente. Las mujeres, clara mayoría en la fuerza de empleo de ambos sectores, fueron quienes recibieron el mayor impacto. Y, entre ellas, el grupo más golpeado sea probablemente el de las trabajadoras domésticas.

Durante la pandemia, el Sintradi no recibió ningún apoyo institucional, ni local ni nacional. A partir de los proyectos realizados con organizaciones como el Fondo de Mujeres del Sur y la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar (FITH), de la cual son socias fundadoras, generaron actividades y juntaron dinero para gestionar kits de alimentos y organizar las ollas populares, una de las prácticas de solidaridad comunitaria más vistas en el contexto de la pandemia e impulsadas generalmente por mujeres. “Apoyamos a más de dos mil personas con la olla popular, y llegamos a más de doscientas familias con los kits”, puntualiza Librada.

Imágenes: gentileza Sintradi

Esta organización fue clave para paliar las dificultades que estaban viviendo las trabajadoras domésticas. “Muchas de nosotras perdimos nuestros trabajos”, cuenta Ludi, “suspendieron el servicio de ómnibus y no teníamos cómo trasladarnos. También nos despedían por miedo a que lleváramos el virus a las casas al viajar en transporte público, y casi ninguna de nosotras tiene vehículo propio. A muchas nos redujeron las horas”. Según datos de la investigación “Discriminación hacia mujeres trabajadoras en contexto de la pandemia del COVID-19”, realizada por Kuña Róga y la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), el 95 % de las trabajadoras despedidas o suspendidas no recibieron indemnización por no estar formalizadas en el sistema de seguridad social del Instituto de Previsión Social (IPS), pese a que esta medida se encuentra establecida en la ley.

La pandemia también las golpeó duramente con la pérdida de dos compañeras a causa de la enfermedad. Victoria y Maximiliana eran integrantes antiguas del sindicato y participaban activamente. “Siempre recuerdo que hicimos la última olla popular en la casa de Victoria”, cuenta Librada. La muerte de estas compañeras de lucha, víctimas de un Estado ausente, sin duda dejará su huella en el corazón del sindicato. La situación continúa siendo delicada, con muchas compañeras atravesando la enfermedad.

Gracias a las capacitaciones que realizaron, hoy llevan adelante emprendimientos y pequeños negocios para sostener su economía. Elaboran kits de limpieza, realizan artesanías, venden comida casera y se apoyan comprándose los productos entre ellas. Librada tiene una despensa en su casa, y es frecuente que saque mercadería de sus estantes para ayudar a otra compañera. Esta economía solidaria sigue siendo indispensable para que muchas de las trabajadoras domésticas despedidas puedan seguir proveyendo a sus familias.

 

La dignidad del trabajo doméstico


Para las integrantes de Sintradi, su incorporación al sindicato fue, en muchos sentidos, un antes y un después en sus vidas. Tomar conciencia de sus derechos les dio elementos para afirmarse contra las injusticias infligidas por la sociedad y el propio Estado paraguayo.

El componente cultural no es menor: “aquí el trabajo doméstico no se hacía valer”, reflexiona Librada, “se consideraba que debía ser gratis, porque total es un trabajo que les corresponde a las mujeres”. Esta noción de que el empleador o empleadora “tiene derecho a tener trabajadora doméstica” es algo que ellas buscan transformar, generando la conciencia de que para contratar una trabajadora en primer lugar está el respeto por sus derechos. Ludi también afirma que “el trabajo doméstico acarrea una gran responsabilidad: es alguien que te encarga su casa, sus hijos, su comida. Un compromiso tan grande debe ser reconocido justamente”.

La formación recibida y, por sobre todo, la autonomía y el empoderamiento que derivaron de la sindicalización, transformó la manera en que se percibían a sí mismas. “El sindicato me ayudó muchísimo a ser más desenvuelta, más decidida” explica Ludi, “en nuestro país hay mucho machismo, se espera que estemos sometidas a los hombres, así nos criaron. Fue todo un proceso para mí”.

Librada reconoce sentirse hoy orgullosa de ser trabajadora doméstica contra todo un sistema socioeconómico que pretendía invisibilizarlas y menoscabarlas. “Es un trabajo muy valioso y muy sacrificado. Y pienso en todo lo que conseguimos luchando juntas: ahí está la prueba”.

 

Sueños y proyectos


Muchas cosas cambiaron desde aquella reunión en la casa de Librada en la que fue conformado el Sintradi. Las entonces 33 compañeras se convirtieron en casi 300, pero ellas apuntan a llegar a muchas más en todos los distritos del departamento de Itapúa. Librada espera poder ceder su rol como secretaria general a otra integrante: “Me gusta este trabajo y me honra la confianza de mis compañeras, pero no puedo negar que estoy muy cansada. Fueron muchos años de lucha, y mi familia también me necesita después de tantos años de reuniones, de viajes”.

Por otro lado, varias integrantes decidieron comenzar sus estudios universitarios. Celina y otra compañera, Fátima Garay, recibirán sus títulos de abogadas el próximo año, y esperan apoyar, desde este nuevo lugar, al sindicato. Librada está cursando su segundo año en la carrera de Trabajo Social, luego de terminar el bachillerato en el 2016. En este sentido, señala que “es importante capacitarnos, el trabajo doméstico es muy lindo pero no por eso tenemos que quedarnos ahí, debemos seguir, buscar otras cosas que hacer; por ejemplo, hay varias compañeras que retomaron sus estudios secundarios”.

Actualmente, el Sintradi ofrece atención psicológica y asesoría jurídica gratuita y exclusiva para trabajadoras domésticas de Itapúa, tanto en modalidad virtual como presencial con previa reserva de turnos. En los próximos días, coincidiendo con la festividad de San Juan Ára, las integrantes del Sintradi prepararán y venderán comidas típicas, en el marco del proyecto orientado a la sostenibilidad de su organización con el apoyo de la iniciativa Actívate, hermana, del Fondo de Mujeres del Sur.

Imágenes: gentileza Sintradi

“El Fondo de Mujeres del Sur es una de las pocas organizaciones que siempre nos apoyó”, explica Librada. “Ellas nos dan oportunidades y nosotras las tomamos. Somos muy guapas las mujeres aquí”, agrega.

Librada, Ludi y Celina coinciden en un sueño en común para el Sintradi: desean poder tener una casa sindical, que funcione como albergue para las trabajadoras que vienen de otros distritos y como guardería para los hijos e hijas de las compañeras, sean o no integrantes del sindicato. Mirando la trayectoria de lucha y organización de estas mujeres, cuesta no creer que ese sueño puede estar muy próximo.

La gran deuda de la sociedad y del Estado en la garantía de derechos para las trabajadoras domésticas sigue sin estar completamente saldada. Mientras tanto, desde el Sintradi, continúan reivindicando su trabajo, alentando a otras mujeres a unirse y animándolas, ante todo, a tener su propia voz.

*Julieta Gamarra es comunicadora social, integrante de las organizaciones Kuña Róga y Universitarias Feministas de Itapúa de la ciudad de Encarnación, Paraguay.