Pandemia y después: el trabajo de las mujeres en tiempos de COVID-19

No volvamos a la misma normalidad que antes, sino a una donde los trabajos y los tiempos se redistribuyan, donde las condiciones de trabajo (remunerado y no remunerado) se fortalezcan, donde las personas podamos elegir el trabajo que hacemos, donde el empleo sea un medio de vida, y no nos lleve la vida”. Invitamos a Corina Rodríguez Enríquez, investigadora y referenta de la economía feminista en Argentina, a pensar la relación entre trabajo, mujeres y pandemia en nuestros países.

Por Corina Rodríguez Enríquez *

Este 1 de mayo nos encuentra en una situación inédita. Una pandemia declarada a nivel global, que implica medidas sanitarias como el aislamiento social, que entre otras cosas significa una conmemoración sin movilizaciones, sin encuentros, con formas poco convencionales de reivindicación de la agenda de les trabajadores.

A las mujeres trabajadoras, en particular, esta fecha nos encuentra en la máxima expresión de las múltiples tensiones en torno al trabajo. El aislamiento social dispuesto por los gobiernos como forma de hacer frente a la cuestión sanitaria, trastocó los modos habituales de organización del trabajo y ha puesto en evidencia toda la presión que existe sobre el trabajo de las mujeres y la enorme precariedad de múltiples situaciones.

En relación al trabajo remunerado, la paralización (total o parcial) de muchas actividades económicas ha puesto en evidencia diversas realidades. Por un lado, quienes tienen un empleo remunerado registrado cuentan con mayor estabilidad en el empleo y la posibilidad de continuar percibiendo sus ingresos, aunque en muchos casos estos se han visto disminuidos (incluso con el aval dado por un acuerdo entre las cúpulas de representación empresaria y sindical en el caso de Argentina). Quienes, por el contrario, están ocupadas en empleos asalariados no registrados, y más aún quienes tienen empleos eventuales, por cuenta propia, de sobrevivencia, de generación de ingresos día a día, han visto su situación de precariedad extremarse, y en muchos casos la pérdida total de sus ingresos.

Por otro lado, la opción del teletrabajo o trabajo remoto se ha profundizado como estrategia para sostener algún nivel de actividad. Esta opción, como forma de organizar el trabajo, no es nueva. De hecho, representa uno de los componentes de las propuestas de flexibilización laboral que comenzaron a promoverse en las últimas décadas del siglo pasado, y que los avances en las tecnologías de información y comunicación fueron facilitando. La promesa de una organización del trabajo más flexible sugería mayor autonomía en el manejo de los tiempos, ahorro de tiempo en traslados, mayor promoción del trabajo por cuenta propia en la lógica del emprendedorismo y, en particular para las mujeres, más facilidades para balancear vida laboral y responsabilidades del cuidado.

En el marco del aislamiento social obligatorio las tensiones de las promesas del teletrabajo se ponen de manifiesto más que nunca. El trabajo remoto permite a algunas mujeres sostener sus empleos y preservar sus ingresos. Sin embargo, el riesgo de incrementar la presión sobre el tiempo y el trabajo es muy grande, más aún en este contexto. Con demandas de cuidado incrementadas, ante la imposibilidad de contar con espacios de cuidado fuera de los hogares (escuela, centros de cuidado, otros hogares), el equilibrio en el manejo del tiempo se vuelve muy difícil. Adicionalmente, en las circunstancias actuales, donde el teletrabajo no es voluntario, sino forzado, desde las empresas se desarrollan mecanismos de supervisión de la gestión del trabajo con criterios de productividad que llevan en muchos casos a jornadas de trabajo interminables. Adicionalmente, sin condiciones de trabajo adecuadas, sin entrenamiento para el teletrabajo, los riesgos psicofísicos aumentan.

Otro aspecto importante para pensar la cuestión del trabajo de las mujeres en este contexto es el de ocupaciones remuneradas que presentan condiciones de vulnerabilidad específica. Uno es, por supuesto, el caso de las trabajadoras del sector salud, expuestas en la primera línea a posibilidades de contagio: las médicas, las enfermeras, las auxiliares, las trabajadoras de limpieza de establecimientos hospitalarios. El dato que circula para Argentina y que señala que el 14% de las personas contagiadas de Covid-19 en ese país son trabajadores y trabajadoras de la salud, da cuenta de esta extrema vulnerabilidad. Probablemente acrecentada por un proceso de décadas de desmantelamiento de la salud pública, en términos de equipamiento, medidas de protección, condiciones laborales y salarios.

El otro caso emblemático es el de las trabajadoras de casas particulares. Su vulnerabilidad se expresa en dos sentidos. Por un lado, en el caso de las trabajadoras que se ven forzadas por sus empleadores a seguir realizando su tarea, incluso violentando las normas del aislamiento social, lo que las expone a mayores probabilidades de contagio. Por otro lado, en el caso de las trabajadoras que no realizan sus tareas, pero que como consecuencia de ello ven disminuidos sus ingresos, o directamente dejan de percibirlos. Eso obedece a que, aún cuando existan normas que les conceden el derecho a una licencia remunerada mientras dure esta situación, el alto nivel de informalidad que existe en este sector de actividad hace que el cumplimiento de las mismas sea improbable en muchos casos.

Finalmente, la cuestión del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado también queda expuesta en el actual contexto en toda su magnitud. Situaciones extremas como estas ponen muy claramente de manifiesto la relevancia del cuidado. Porque una pandemia requiere de cuidados. Y porque las medidas que se toman para enfrentarla (cierre de escuelas, aislamiento en los hogares, entre otras) incrementa el trabajo de cuidado en los hogares. También, las medidas de prevención frente a la enfermedad incrementan el trabajo doméstico, en particular por las mayores tareas de higiene que se necesitan en los hogares. Como en tantas otras ocasiones de emergencia, el tiempo, el trabajo y el cuerpo de las mujeres están allí, aguantando la situación, y sosteniendo la vida cotidiana.

Las medidas de contención tomadas por el gobierno en Argentina, específicamente (otorgamiento de licencias, de permisos de circulación vinculados al cuidado, de sostenimiento del ingreso), si bien positivas, parecen insuficientes y en algunos casos (como en el cobro del Ingreso Familiar de Emergencia) muy demoradas. En la medida en que las condiciones actuales se extiendan en el tiempo, la situación empeorará, y la presencia activa del Estado se hará aún más necesaria.

Por todo lo anterior, este 1 de mayo nos convoca más que nunca a reflexionar sobre las condiciones del trabajo en el actual sistema, y a pensar estrategias para que cuando la situación presente pase, no volvamos a la misma normalidad que antes, sino a una donde los trabajos y los tiempos se redistribuyan, donde las condiciones de trabajo (remunerado y no remunerado) se fortalezcan, donde las personas podamos elegir el trabajo que hacemos, donde el empleo sea un medio de vida, y no nos lleve la vida.

Las mujeres organizadas venimos reclamando que nosotras movemos el mundo (y que lo demostramos cuando lo paramos). El mundo hoy parado por otras circunstancias nos desafía a pensar otras formas de organización y resistencia, nuevas y creativas. Con la esperanza de poder reconstruir un mundo pospandemia que se parezca cada vez más al que imaginamos.

* Corina Rodríguez Enríquez | Investigadora y referenta de la economía feminista en Argentina